C.E.

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jueves, 18 de septiembre de 2014

TRES RESPUESTAS MARAVILLOSAS [LEO TOLSTOY]

Un día se le ocurrió a cierto emperador que si supiera las respuestas de tres preguntas, nunca se equivocaría al tomar las decisiones.

¿Cuándo es el mejor momento para hacer algo?
¿Quiénes son las personas más importantes con las que debo trabajar? 
¿Y cuál es el tema más importante del que debo ocuparme en todo momento?

El emperador emitió un decreto por todo su reino anunciando que aquel que respondiera a las tres preguntas recibiría una gran recompensa. Muchos de los que lo leyeron se dirigieron enseguida al palacio con respuestas distintas.

Una persona respondió a la primera pregunta diciendo que el emperador debía confeccionar un programa planeando cada hora, día mes y año las tareas. Otra persona dijo que era imposible planear algo de antemano y que el emperador debía olvidarse de entretenimientos y estar siempre muy atento. Otra insistió en que el emperador debería crear un Consejo de Sabios y actuar siguiendo sus consejos. Otra persona dijo que algunos asuntos debían resolverse al instante y que no había tiempo para consultarlos, pero quizás se lo podría preguntar a magos y adivinos.

Las respuestas a la segunda pregunta también fueron distintas. Una persona dijo que el emperador debía confiar en sus administradores, otra sugirió los sacerdotes y monjes, y otras le recomendaron los médicos. Incluso otras personas le aconsejaron confiar en los guerreros.

La tercera pregunta también obtuvo una variedad similar de respuestas. Algunos dijeron que la ciencia es lo más importante, otros que era la religión y otros reivindicaron la importancia de la destreza militar.

Al no sentirse satisfecho el emperador, disfrazado de campesino, fue a buscar a un ermitaño sabio que vivía en las montañas, una vez atravesados bosques y algún valle, se encontró con el ermitaño que estaba trabajando la tierra con una azada. Al verlo fatigado y anciano, el emperador le ayudó con el trabajo y trató que el venerable ermitaño respondiera a sus preguntas. No dijo nada, sólo unas palmaditas en la espalda y volvió a relevarle en la tarea al emperador.

Después de un rato oyeron a alguien que corría por la montaña, al llegar a ellos vieron que se trataba de un hombre ensangrentado y muy asustado que se derrumbó y perdió el conocimiento ante ellos. El emperador lo llevo dentro de la ermita y allí trató de contener la hemorragia, le cambió de ropas y le dio algo de agua y comida que el ermitaño le ofreció. Ya estaba anocheciendo y pronto el emperador quedó dormido.

Al despertar, miró hacia la cama y vio al hombre herido mirándole y con un hilo de voz diciéndole:

"¡Por favor, perdonadme!" Sorprendido, el emperador siguió escuchando.

"Su majestad, no me conocéis, pero yo si os conozco. Era vuestro peor enemigo y había prometido vengarme de vos, porque en la última batalla matasteis a mi hermano y confiscasteis mis propiedades. Cuando me enteré de que ibais a ir solo a la montaña para ver al ermitaño, decidí atacaros durante vuestro regreso y mataros. Pero después de esperar mucho tiempo y ver que no volvíais, decidí olvidarme de la emboscada e ir con vuestros ayudantes que, al reconocerme, me hicieron esta herida. Por suerte pude escapar y corrí a refugiarme en este lugar. Si no os hubiera encontrado seguro que ya estaría muerto. Yo he intentado mataros y vos, en cambio me habéis salvado la vida. No podéis imaginaros lo avergonzado y a la vez lo agradecido que me siento. Si salgo de ésta con vida, prometo ser vuestro sirviente por el resto de mi vida e intentaré conseguir que mis hijos y nietos hagan lo mismo. Os ruego que me perdonéis."

El emperador se quedó encantado al ver que se había reconciliado con tanta facilidad con uno de sus antiguos enemigos. No sólo le perdonó, sino que además le prometió devolverle sus propiedades y enviarle a su propio médico y a sus sirvientes para que lo cuidaran hasta que estuviera recuperado del todo. 

Antes de regresar al palacio, el rey quería plantearle al ermitaño las tres preguntas por última vez.

El ermitaño se levantó y mirando al emperador le dijo: "¡Pero tus preguntas ya han sido respondidas! Ayer si no te hubieses apiadado de mi edad y no me hubieras ayudado a cavar los surcos, tu enemigo te habría atacado al volver a tu hogar y habrías lamentado no haberte quedado conmigo. Por tanto el tiempo más importante fue cuando estuviste cavando los surcos, la persona más importante era yo y la tarea más importante era ayudarme. Más tarde, cuando aquel hombre herido llegó corriendo hasta aquí, el tiempo más importante fue cuando le vendaste la herida, porque si no te hubieras ocupado de ella habría muerto y tú no habrías podido reconciliarte con él. De igual modo, él era la persona más importante en aquellos momentos, y la tarea más importante era ocuparte de su herida. Recuerda que sólo hay un momento importante: el ahora. El presente es el único momento del que disponemos. La persona más importante es siempre aquella con la que estás, la que tienes ante ti, ya que ¿quién sabe si podrás relacionarte con cualquier otra en el futuro? La tarea más importante es hacer que la persona que está junto a ti sea feliz, este es el cometido de la vida."

La historia de Tolstoy es como una historia de las escrituras: está a la altura de cualquier texto sagrado. Hablamos de ayudar a la sociedad, a las personas, a la humanidad, a los que están lejos, a llevar la paz al mundo, pero solemos olvidar que sobre todo debemos vivir para las personas que hay a nuestro alrededor. Si no puedes ayudar a tu pareja, a tus hijos o a tus padres, ¿cómo vas a ayudar a la sociedad? Si tus amigos del movimiento por la paz o de una ONG no se quieren ni se ayudan unos a otros, ¿a quién podrán amar y ayudar entonces? ¿Estamos trabajando para otros seres humanos o lo estamos haciendo solo por la reputación de una organización humanitaria?

En el mundo podemos dedicarnos a innumerables causas. Concentrémonos por el momento en una escala más modesta: la familia, los compañeros de clase, los amigos y la comunidad de la que formamos parte. Debes vivir para ellos, ya que si no lo haces, ¿para quién crees que estás viviendo entonces? 

Tolstoy era un santo, lo que los budistas llamamos un Bodhisatva. Pero ¿fue el emperador capaz de ver el sentido y la dirección de su vida? ¿Cómo podemos vivir en el momento presente, vivir en este precioso instante con las personas que nos rodean, ayudando a disminuir su sufrimiento y haciendo que sus vidas sean más felices? ¿Cómo? La respuesta es la siguiente: practicando el ser conscientes. El principio que Tolstoy nos ofrece parece fácil. Pero si deseas ponerlo en práctica debes utilizar el método de ser consciente para buscar y encontrar el camino. 

 Extracto del libro: 

El milagro de mindfulness. Thich Nhat Hanh. Ediciones Oniro.

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