C.E.

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viernes, 29 de noviembre de 2013

EL CAMINO HACIA LA PAZ

Hablar de paz puede parecer paradójico en un mundo donde la violencia se desata con un dinamismo arrollador. Basta dar una rápida mirada en la historia de la humanidad para ver la violencia en la guerra, en el genocidio, en la opresión de las tiranías, en la represión, en la tortura, en los hechos que cotidianamente vemos que se transmiten por los medios de comunicación social.

PERO HAY OTRAS FORMAS MÁS ENCUBIERTAS QUE TAMBIÉN MERECEN NUESTRO ANÁLISIS Y REFLEXIÓN: LA INDIFERENCIA, EL APROVECHAMIENTO DEL MÁS DÉBIL, LA PALABRA HIRIENTE, LA IMPOSICIÓN, EL CAPRICHO, SON MANIFESTACIONES QUE NO ESTÁN EXENTAS DE VIOLENCIA EN SU FONDO Y MUCHAS VECES, SE EJERCEN CON UNA APARENTE SERENIDAD, QUE NO ES OTRA COSA QUE EGOÍSMO Y FRIALDAD EN LOS SENTIMIENTOS.

Tal vez no esté a nuestro alcance solucionar ciertos conflictos bélicos pero sí, otras actitudes y comportamientos personales que pueden estar teñidos de violencia y que provocan consciente o inconscientemente, mortificaciones, heridas o disgustos en los demás. Por eso nuestra tarea, sencilla pero trascendente, apunta a la pacificación de nuestro carácter, en el control cotidiano de los gestos, las palabras hirientes, los gritos, los insultos. 

¿RESPONSABILIDAD DE QUIÉN?

La sociedad y sus diferentes crisis, las vivencias sin valores, la desconexión del sistema familiar, la droga, el alcoholismo, ciertas características de los adolescentes, son situaciones en las que no siempre nos involucramos para su superación, parecen pertenecer al exterior y ser problema de otros. Las escuelas, las distintas instituciones, la familia como núcleo organizado, deben fortalecer sus compromisos de acción, con los métodos y recursos que estén al alcance de cada uno, porque la paz como valor trascendental en la vida de relación del hombre, se construye día a día, desde todos los sectores.

Adultos y jóvenes al hablar del malhumor, agresividad, autoritarismo, violencia, algunas veces deslindan responsabilidades y se justifican en los hechos externos que aparentemente generan esos estados. "La violencia surge por la situación económica, por la forma de ser de los otros, por los gobiernos de turno", etc., expresan con cierta frecuencia. Lo cierto es que la violencia es un sentimiento negativo que, disfrazada bajo otras formas encubiertas como la rabia, la ironía y las humillaciones, altera nuestros pensamientos, sentimientos, impide vislumbrar acciones firmes, meditadas y correctas.

Es en este punto donde cada docente, profesional, padre o persona interesada en la regeneración cultural y moral, puede ejercer su poder transformador, siendo partícipe en la construcción de nuevas conductas a partir de sí mismo y nuevos modos de vinculación en las relaciones humanas.

La familia es un ámbito privilegiado para construir nuevos modos de aprendizajes, pues la vida cotidiana que se manifiesta en la familia, es una reproducción a micro escala de lo que sucede en los distintos espacios sociales. Cada transformación que se produzca en el campo familiar, necesariamente tendrá su repercusión en el sistema social.

Es así que, si detectamos en los integrantes de la familia actitudes violentas, ya sean físicas o verbales, juzgamientos, críticas poco piadosas, es allí donde debemos dar la palabra para esclarecer, el ejemplo de nuestra conducta y el compromiso cotidiano de la acción coherente con lo que se intenta enseñar.

Y analizar si los menores, por ejemplo, están actuando de esa manera, ¿qué doble discurso les damos? ¿Hablamos y no hacemos? ¿Obligamos y no participamos? Los adultos somos espejo, sostén y marco de referencia del proceso de construcción de la propia identidad del espíritu en sus vivencias en la etapa de la infancia.

Esta relación perfectamente definida, que aparece en todo espacio de intercambio social, si está fortalecida desde la infancia con diálogo abierto, con buenos ejemplos, con conciencia de la mejora personal de cada ser humano, posibilitará a mayor escala, la consolidación de una cultura social en principios y valores trascendentes como el de la paz, la serenidad y la armonía.

Buscar la paz no es una utopía, constituye el anhelo superior de todo espíritu que consciente del bien, se brinda en armonía a los demás, generando en su entorno un ambiente sereno, sin agresiones y de mayor tolerancia. La armonía y la paz deben alimentarse permanentemente con los sentimientos de benevolencia, compañerismo, valorando a los seres que nos rodean, de respeto y cariño manifiesto. 

 A MODO DE CONCLUSIÓN 

En este mundo de ocupaciones, preocupaciones, torbellino de información al instante, globalizador y exigente, realizamos trabajos simultáneos, obtenemos comunicaciones instantáneas, la información mundial es vertiginosa.

La intranquilidad y hasta la angustia que puede llegar a generar este ritmo incesante reclama a veces, de una pausa para reflexionar, por ejemplo, sobre cómo estamos posicionados en nuestro rol de adultos con los que nos rodean y forman parte de nuestra vida.

Educar para la paz, para la no violencia, es una tarea de tiempo completo que exige primero de nuestra propia preparación y acondicionamiento como adultos porque no se puede enseñar aquello que no se conoce.

La serenidad de nuestro carácter fortalecerá el entendimiento de nuestras relaciones, suavizara nuestros los arrebatos, dará más lucidez a nuestras decisiones y sobre todo, generará más armonía en nuestro entorno. Por ello la importancia de desarrollar nuestra propia capacidad pacificadora. Pacificación es paciencia. La ciencia de la paz.

Disponernos a un momento reflexivo, sereno, mentalmente pleno y de valoración, descubriendo cuáles son los seres, lugares, elementos que nos ayudan a lograr ese estado de paz, tan necesario en nuestro interior.

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