C.E.

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miércoles, 13 de enero de 2010

¿QUÉ NOS DEPARA EL FUTURO? ENTREVISTA A EDUARDO PUNSET

¿Qué nos depara el futuro?


Se imaginan un mundo en el que la ciencia irrumpiera en la cultura popular; en el que sólo se pudiera abusar de los ratones y de los humanos durante un cortísimo periodo de tiempo; en el que la gente supiera gestionar sus emociones; en el que, por fin, se hubiera aceptado que siendo iguales ante la ley es distinta la mentalidad de los hombres y las mujeres; en el que –igual que los monos más sofisticados–, fuéramos capaces de cambiar de opinión? Es el mundo que viene.

Un premio Nobel se enfureció cuando su editorial le rechazó un manuscrito alegando que no se entendía bien, «que hablara con la gente de la calle y que después lo volviera a escribir». Él reaccionó preguntando si alguien conocía a gente de la calle, porque él no conocía a nadie.

Unos pocos años más tarde, en la costa oeste de Estados Unidos, en un campus universitario, se estaban congratulando mis amigos norteamericanos de lo bien que se comportaba un ratón con el que estaban experimentando su conducta a raíz de una serie de incentivos muy meditados. La reacción era tan buena que un biólogo perverso sugirió que, de vez en cuando, no se recompensara la buena conducta del animal. ¿Cómo reaccionaría si, a pesar de haberlo hecho muy bien, no se le daba el premio?

Lo probaron: las tres primeras veces el ratón, defraudado, puso todavía más ahínco y precisión en la ejecución de las instrucciones. «Se podría aplicar en las políticas de personal de las corporaciones», sugirió el biólogo pérfido. A la cuarta de hacerlo todo bien sin recompensa, el ratón se desmoronó y no quiso seguir el juego.

Antonio Damasio postuló hace unos años que no valía la pena iniciar ningún proyecto sin emoción. Sobre todo los actores, los músicos y los deportistas tenían que saber colocarse en el lugar de otro y empatizar con el proyecto. Sin emoción no se consigue el éxito. Si se le pone demasiada emoción a los proyectos –era el reproche que se solía hacer a mi cantante de ópera preferida, ‘la’ Callas–, se corre un riesgo enorme de errar en la ejecución operativa del mismo. Emocionarse sí, pero no demasiado.


Otro de los experimentos modestos que zanjan cuestiones milenarias es el que acaba de hacerse en otro campus. Se eligieron dos modelos de ambos géneros para hacer las siguientes preguntas. La primera consistía en solicitar si el encuestado o la encuestada aceptaría una cita. Las respuestas fueron iguales al 50 por ciento tanto en el caso de los hombres como en el de las mujeres. Para esta pregunta se podía prescindir del sexo. Segunda pregunta: «¿Aceptaría visitar mi apartamento esta noche?». Un 70 por ciento de los hombres estaba a favor, pero sólo un 30 por ciento de las mujeres aceptaría. «¿Le gustaría hacer el amor conmigo?» fue la tercera pregunta. El 80 por ciento de los hombres contestó afirmativamente; ninguna mujer aceptó el ofrecimiento. Resultado del experimento: que nadie se equivoque; hoy por hoy, los distintos sexos no se comportan de la misma manera.


El siguiente descubrimiento que va a cambiar la vida de la gente se lo debemos al neurólogo Ranulfo Romo. Los monos rhesus con los que él trabaja pueden cambiar de opinión. Los humanos, en cambio, siguen empeñados en pensar que cambiar de partido, de opinión o de camisa es una especie de traición imperdonable. En tiempos de crisis, no obstante, la única salida puede ser cambiar de opinión, de lugar o de trabajo. ¿Si hasta la materia cambia de estructura cómo no va a ser normal cambiar de opinión? Sobre todo, en los momentos que corren.

Eduardo Punset

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